Hace frío, entro a un bar. Sector
fumadores. Me siento en una mesa para dos. Cuelgo la campera en la
silla. Miro por la ventana. Pido un cenicero. Prendo un cigarrillo.
Mi cabeza empieza a carburar. Escucho conversaciones ajenas.
La
señora de la otra mesa no parece conforme con el lugar. Se queja. Trata mal a la
empleada. Pide respeto, pero ella no lo lleva a la práctica. Suena irónico. Ese
no es el trato. El respeto debe ser mutuo.
Mientras tanto llega una pareja. Se sientan en una mesa para cuatro. Piden dos cortados. Parecen enamorados con visión de futuro y planes por realizar. Apago el cigarro.
Afuera un pibe mira por la ventana. Con un faso en la mano y apretando el puño de la otra. Se nota en sus ojos cierto nerviosismo. No parece conforme con su vida. Cruza la calle y se pierde al doblar la esquina.
Mientras tanto llega una pareja. Se sientan en una mesa para cuatro. Piden dos cortados. Parecen enamorados con visión de futuro y planes por realizar. Apago el cigarro.
Afuera un pibe mira por la ventana. Con un faso en la mano y apretando el puño de la otra. Se nota en sus ojos cierto nerviosismo. No parece conforme con su vida. Cruza la calle y se pierde al doblar la esquina.
Una
mezcla de sentimientos que no caben en una sola imagen. Me levanto, me pongo la
campera. La empleada se enoja, no consumí nada. Me voy, cruzando la puerta
hacia otra realidad.